Revisando una década, cuadro por cuadro

El fin de una década casi intrínsecamente, por definición, invita a la reflexión. Se convierte en una experiencia tan personal como colectiva y acaba por vincular a todos los componentes de nuestra identidad. El arte nos acompaña a diario, nos mueve y aporta desde su espacio único, tan inventado como real, al bagaje de memorias que intentamos -con distintos grados de éxito- reorganizar.

Así es que, durante ese diciembre del año que termina en 9, las revistas especializadas en cine, música y literatura publican sus prestigiosas listas con lo mejor de esos últimos diez años. A pesar de lo informadas e interesantes que éstas pueden resultar, siempre hay algo de arbitrario en las razones detrás del ordenamiento. Si bien es cierto que podemos identificar con relativa facilidad nuestro filme, libro o álbum favorito de la década, el caso es más complejo a la hora de decidir qué factores hacen que uno ocupe –por ejemplo- el puesto 43 y otro el 42.

Por otro lado, el momento en que vemos una cinta, leemos un libro o escuchamos una canción modifica considerablemente la experiencia, de manera que la película que algún día causó gran impresión no necesariamente se sostiene años después. Como última consideración está la década misma en relación con quien la recuerda. En mi caso, el fin de ésta que pasó, aún sin nombre, me llena de nostalgia. Con ella aprendí a ver cine. Fueron mis años formativos, los que siempre permanecerán como ideales, irrepetibles.

Sopesando estas observaciones, les ofrezco una lista que no pretende ser definitiva, ni reflejar lo mejor de nada, salvo aquellos momentos cinematográficos que me dejaron una huella emocional perdurable. El cine es forma, estética, narrativa, pero por sobre todo, es emoción.

Aquí les dejo una de esas listas que, como me dijo un buen amigo, son para el cine, son contra el cine.

Por orden alfabético:

Before Sunset: Los mejores diálogos de esta década, al menos en el cine norteamericano, se encuentran en la cinta del gran Richard Linklater. Es difícil toparnos con personajes cinematográficos tan inteligentes y reales, cuyas conversaciones resuenan más allá de la pantalla y alcanzan una cotidianidad que desarma. Esta secuela del romance Before Sunrise capitaliza exponencialmente en todas las virtudes de esa cinta. Nueve años después de aquella noche en Viena, Jesse y Celine se reencuentran en Paris. Una vez más su encuentro está supeditado a un espacio de tiempo que ninguno de ellos controla. Lo que comienza como una conversación casual sobre la familia, el trabajo y la política, poco a poco se convierte en algo mucho más íntimo, dejando entrever los asuntos que aún quedan por resolver entre estos dos personajes. Un filme sobre la levedad del tiempo, las oportunidades perdidas y recuperadas y los vínculos indisolubles que creamos, en donde lo que se dice es tan importante como lo que se calla.

Capturing the Friedmans: Mucho se habla del carácter escopofílico del séptimo arte, de aquella pulsión que nos impulsa a ser voyeurs, fisgones en las vidas privadas de otros. En la era del reality show esa mirada furtiva pierde su secretismo, se le arrebata la posibilidad de ser descubierta una vez los objetos de la misma se saben observados. El desgarrador documental Capturing the Friedmans nos devuelve al anonimato, mientras advertimos -a través de sus propios videos caseros, y sin poder hacer nada- la desintegración final de una familia estadounidense. La fina línea entre sensacionalismo y documental se traza, pero nunca se rebasa. Ver esta cinta es ver la vida misma desdoblarse ante nuestros ojos.

El laberinto del fauno: Guillermo del Toro es un visionario. Aunque en sus cintas de Hollywood sus aptitudes estéticas están presentes, es en el cine latino que logra esa síntesis tan hermosa entre forma y contenido que lo prueba como artista. Con El laberinto del fauno, su sensibilidad narrativa alcanza una dimensiones humanas que anteriormente sólo había sugerido con El espinazo del diablo. El marco histórico de una España en la posguerra civil, con la Policía Armada franquista acabando con la amenaza republicana, es el pie forzado para explorar los confines de la imaginación de la niña Ofelia. La cinta muy astutamente logra evadir la lectura fácil de que la fantasía opera como un escape de la realidad, y deja abierta la interpretación de si el mundo de la niña –ciertamente fantástico- es ilusión o no. Una de las experiencias visuales más maravillosas y audaces de la década, con una de las más tiernas partituras originales, a cargo de Javier Navarrete.

Eternal Sunshine of the Spotless Mind: Una meditación sobre cómo funciona la memoria, selectivamente, y cómo transferimos la información. Una exaltación a nuestra capacidad humana de resistir. Eternal Sunshine of the Spotless Mind es para mí la mejor película de la década. Cualquier atributo estético o formal que caracterice a la cinta –y de estos posee demasiados- languidece ante el abrumador golpe emocional que carga. Ver esta cinta supone un mejor entendimiento de cómo funcionamos, pues diluye a su más pura esencia la totalidad de la experiencia humana. Somos un colectivo de recuerdos que van y vienen, y aunque a veces lo deseemos, sin un pasado, no hay presente posible que nos sostenga.

Far From Heaven: El director Todd Haynes nos presenta una historia a destiempo que, en su aparente irrelevancia temática, nos dice mucho sobre el valor catártico del cine como revisión histórica. En una década en que lo posmoderno invadió al cine comercial y de arte, pocos directores aprovecharon sus características con tanta premura y conciencia como Haynes, quien también nos brindó en esta década la genial I´m Not There. En Far From Heaven, el director hace uso del “pastiche” para recrear, con una fidelidad impresionante, el estilo del melodrama de los 50 del exiliado alemán Douglas Sirk. Más de 50 años después, Haynes retoma la historia de All That Heaven Allows y la revierte, explorando temas como la homofobia, el clasismo y el racismo y comentando a su vez sobre lo poco que han cambiado las cosas con el tiempo.

In the Mood for Love: Hong Kong, 1962. Dos vecinos descubren que sus respectivas parejas están teniendo un amorío. A lo largo de la cinta, actúan posibles escenarios en los que confrontan a sus cónyuges. En el proceso, una relación se va tejiendo. ¿Tienen alguna culpa, o están expiados por ser las víctimas iniciales? ¿Qué motiva sus actos, una atracción mutua o la traición a la que son sometidos? Estas son las preguntas que Wong Kar Wai plantea sin una fácil respuesta en In the Mood for Love, una de las muchas obras maestras de su prodigiosa carrera. Esta cinta es un ejercicio en respuestas sensoriales más que emotivas. No que no las alcance, sino que el método es cuidadosamente elaborado. Una vez vista deja un buen sabor. Sus colores, sus sonidos y sus texturas impregnan el ambiente y crean una atmósfera que con el tiempo aprendemos a identificar como característica del director. Escuchar a Nat King Cole cantando Aquellos ojos verdes mientras Tony Leung y Maggie Cheung actúan doblemente el desengaño es un placer pocas veces igualado en el séptimo arte.

Kill Bill Vol. 1 y 2: Ante mis ojos, lo mejor que Quentin Tarantino ha hecho, Kill Bill es una de esas cintas que puedo ver en cualquier momento. Todo lo que caracteriza a Tarantino está aquí: diálogos fantásticos, personajes excéntricos, dirección frenética, buen uso de la música, estructura episódica, etc. Sin embargo hay mucho más: secuencias animadas, blanco y negro, homenajes al cine de artes marciales y al spaghetti western, en fin, toda una extraña y fascinante amalgama de puro celuloide. Ninguna cinta en esta lista profesa un amor más profundo al arte de hacer cine que Kill Bill Vol. 1 y 2.

Minority Report: El cine, ante todo, es una experiencia visceral. Muy pocas cintas en esta década lograron en mí lo que esta obra maestra de Steven Spielberg: crear un universo tan complejo que rebasa el análisis. El director, muchas veces subestimado por su estilo comercial y azucarado, nos entrega una de sus cintas más oscuras y mejor orquestadas, enmarcada en el género del neo-noir y basada en el cuento homónimo del maestro Phillip K. Dick. Tom Cruise, en una excelente interpretación, encarna a John Anderton, un oficial de Precrimen, agencia del futuro que predice los asesinatos gracias a tres sujetos llamados precogs. Lo que en esencia es un filme de persecución adquiere fuertes resonancias éticas, cuestionando y alertando sobre los procesos legales para combatir el crimen, que cada vez más atentan contra nuestra privacidad y derechos ciudadanos.

Oldboy: Esta cinta coreana del 2004 es como una inyección de adrenalina a cargo del gran Park Chan-wook. Oh Dae Su lleva 15 años encerrado en un cuarto con una televisión y varias libretas. Un día es liberado sin explicación alguna, y ahora tiene 5 días para descubrir quién lo encerró y por qué. Esta es la premisa de Oldboy, filme parcialmente basado en un manga del mismo nombre, en donde no hay ni un solo encuadre de más, ni una escena innecesaria, y el morbo y la empatía se entremezclan en una sensación extrañamente familiar. La partitura musical es sin duda una de las más emocionantes de la década, y el final uno de los más perturbadores y la vez hermosos que he visto.

There Will be Blood: Ver esta cinta en la pantalla grande es uno de los momentos que marcan mi experiencia cinematográfica de la pasada década. Era como si al fin mi generación obtenía su gran clásico, y con ella, el nuevo gran director norteamericano. Recuerdo observar la última escena -la violencia postergada que al fin se consumaba, desparramada- y pensar que así debió sentirse ver una cinta de Kubrick en 35 milímetros, cuando no habían preconcepciones ni eran llamadas clásicos. Aunque varios años después mi admiración por la cinta ha mermado un poco, es innegable el poder de esta historia de ambición y capitalismo desalmado, un Horacio Alger terriblemente torcido, en donde el fin no es ya el lucro, sino la dominación. Daniel Day Lewis en la actuación de la década, y una dirección que como pocas recuerda lo que es bloquear a los actores, permitir que expresen a través del movimiento lo que las palabras no alcanzan a decir.

Menciones de honor: No Country for Old Men, Adaptation, The Royal Tenembaums, City of God, The Lord of the Rings, El violín, El aura, Ghost World, Rachel Getting Married, 25th Hour, Hable con ella, The Dark Knight, Mullholland Drive, A History of Violence, Memento, Sideways, Lost in Translation, Spirited Away, Ratatouille, Brokeback Mountain, Children of Men, Persepolis, Catch Me If You Can, Let the Right One In, Dogville, Caché, Moulin Rouge, Y tu mamá también, Songs From the Second Floor, Born Into Brothels, The Edge of Heaven, Once, The Squid and the Whale, American Splendor, The Lives of Others, Garden State, Kiss Kiss Bang Bang, The Death of Mr. Lazarescu, 500 Days of Summer, The Hurt Locker, Inglourious Basterds, Yes, Junebug, High Fidelity, Nine Lives, Palindromes, Shrek, Almost Famous, Away From Her, The Piano Teacher, The Host, L.I.E., The World, Triplets of Belleville, My Winnipeg, Waking Life, The Wrestler, Starting Out the Evening, A.I. The Departed, Romance and Cigarettes, Juno.

Published in: on 16 noviembre 2010 at 8:15 PM  Dejar un comentario  

Fantastic Mr. Fox

Wes Anderson es posiblemente uno de los directores estadounidenses más imprescindibles de su generación. Junto a Quentin Tarantino, Paul Thomas Anderson, Spike Jonze y David Fincher, ha sido artífice del cine más creativo y arriesgado  producido en Hollywood durante los últimos 15 años. Si bien su filmografía ha ido en descenso, siendo sus primeras cintas -“Bottle Rocket”, “Rushmore” y “The Royal Tenenbaums”- las más logradas, lo cierto es que incluso sus trabajos más recientes, aún con sus fallas, son inequívocamente producto de un consabido autor cinematográfico en la más pura acepción del término. Basta con ver 5 minutos de “The Life Aquatic with Steve Zissou” o “The Darjeeling Limited” para saber que estamos ante un filme de Wes Anderson. Estéticamente resaltan en su trabajo los colores pasteles, la cámara lenta, tomas cenitales, el “font” FUTURA para los créditos, los movimientos laterales de cámara y la música popular norteamericana. Temáticamente, el director  exhibe una afinidad especial con el inadaptado social, y a través de una comedia ácida, repleta de ironía y momentos cuasi-existencialistas, celebra las peculiaridades y excentricidades de sus muy humanos personajes. La mirada a las dinámicas de familia, en particular los celos entre hermanos y las expectativas incumplidas ante el padre, ha sido una constante en su trabajo.

Con su más reciente entrega, Fantastic Mr. Fox, el realizador parece, a primera vista, ir en una dirección muy distinta. Con esta se estrena en el mundo de la animación stop-motion dirigida a niños, cuando todas sus otras obras han sido expresamente adultas. Además, es la primera vez que no parte de un guión original, puesto que la película está basada en la novela infantil homónima del celebre escritor Roald Dahl, responsable de otros clásicos como Willy Wonka and the Chocolate Factory y James and the Giant Peach. Sin embargo, la presencia de Anderson se hace notar desde los créditos iniciales, y es su sello particular atemperado a estas nuevos factores lo que hace de Fantastic Mr. Fox una experiencia cinematográfica peculiar.

La trama es muy simple: Mr. Fox (voz de George Clooney) era un ladrón de gallinas junto a su esposa, Mrs. Fox (Meryl Streep), hasta el día en que ella queda embarazada y le hace jurar que se hará de una profesión menos riesgosa. Varios años después, Mr. Fox es columnista de un periódico local, y vive en un hoyo con su esposa y Ash,su hijo preadolescente (Jason Shwartzman). A pesar de una aparente estabilidad, el protagonista , junto a su amigo, la zarigueya Kylie, regresa a su antiguo estilo de vida y comienza a robar en las tres fábricas del pueblo, cuyos dueños son los humanos Boggis, Bunce and Bean. Sobre ellos, la película condensa sus características primordiales en la siguiente rima:

Boggis and Bunce and Bean,

One fat, one short, one lean.

These horrible crooks, so different in looks.

Were nonetheless equally mean.

Es bajo estas circunstancias que comienza la aventura de Mr. Fox y toda la comunidad que lo rodea. Luego de que el último robo sale mal, una divertida y simpática lucha entre animales (seres salvajes, como repiten una y otra vez) y humanos se suscita.

A pesar de la simpleza de la historia central, Anderson se asegura de construir un mundo visualmente increíble, con personajes y subtramas que efectivamente denotan su cualidad de autor. El matrimonio de los Fox y la relación entre Ash, su padre y el primo Kristofferson, un joven prodigio que hace yoga y es superior a este en todos los aspectos, están plagados de pequeños momentos de diálogo que los fanáticos agradecerán, mientras los niños consumen maravillados las coloridas imágenes en pantalla.

Como arriba indico, estéticamente el filme es una joya. Aún con una cinematografía mucho más simple que en sus cintas anteriores, limitándose a planos generales en la mayoría de los casos, Fantastic Mr. Fox complace. Esto debido a tres aspectos sobresalientes: la animación, que posee un carácter artesanal muy bienvenido en la era de la imagen computarizada; la partitura original de Alexander Desplat, que recuerda por momentos a la música de Ennio Morricone; y la genial dirección de arte, que no deja espacio para una sola imagen aburrida o desprovista de detalle.

Con todo y sus aciertos, la película es sin duda una obra menor en la filmografía de Anderson. Esta vez, quizás por la naturaleza de la historia, el director no logra la madurez ni trascendencia emocional de su mejor trabajo. No obstante, por sus valor estético y por ser una alternativa refrescante al cine que los niños acostumbran a ver en nuestras salas, Fantastic Mr. Fox merece ser vista en la gran pantalla.

Published in: on 16 noviembre 2010 at 12:49 AM  Dejar un comentario  

Precious

Precious: Based on the Novel ‘Push’ by Sapphire, llega a Puerto Rico precedida por críticas abrumadoramente positivas y con el aval de dos reconocidas figuras de la comunidad afroamericana: Oprah Winfrey y Tyler Perry. Luego de haber arrasado en el circuito de festivales independientes durante el 2009, la cinta logró tres nominaciones al Globo de Oro, de las cuales obtuvo Mejor Actriz de Reparto, y es una apuesta segura decir que varias nominaciones al Oscar son inminentes. Habiendo cargado con el Premio de la Audiencia en el Festival de Toronto, como lo hicieran en años anteriores Juno y Slumdog Millionaire, Precious es indudablemente el caballo oscuro en esta temporada de premios.

Entonces, se preguntará, ¿a qué se debe tanto furor? La misma pregunta me hice antes, durante y luego de ver el fracaso que resultó ser la cinta. Es inevitable que tanta cobertura mediática incida en mis expectativas y experiencia como espectador, pero la verdad es que, aun si me hubiese escondido bajo una piedra por los últimos 6 meses, Precious no tendría salvación,. Antes de esbozar detenidamente todo lo que está mal en el filme, una breve sinopsis es necesaria.

Precious: Based on the Novel ‘Push’ by Sapphire, es la historia de Clarice Precious Jones (Gabourey Sibide), una joven afroamericana de 16 años, obesa, analfabeta y residente de Harlem en la década de los 80. A su corta edad, tiene una hija de tres años con síndrome Down a la que llamó Mongo (de mongoloide), y se encuentra embarazada de su segundo hijo. El padre de ambos niños es también el padre de Precious. Para completar este tétrico cuadro familiar, su madre, Mary –interpretada por la comediante Mo´Nique- abusa de ella física, verbal y sexualmente, y la odia por “haberle quitado a su hombre”.

Es bajo este sombrío panorama que venimos a conocer a nuestra protagonista, quien ocasionalmente sueña despierta con una vida distinta, en donde es modelo de pasarela y tiene un novio atractivo y de tez clara. Poco a poco, con la ayuda de entes externos ligados al Estado, entre ellos una maestra del programa Each One Teach One y una trabajadora social (Mariah Carey), la joven logra distanciarse un poco de su entorno, no sin antes pagar un saldo terrible. Créanme cuando les aseguro que el lugar donde dejamos a Precious una vez termina el filme no es muy diferente a donde inicialmente la encontramos, aún cuando los realizadores lo construyan como un final feliz y esperanzador.

Ahora bien, por más horrorosa y lúgubre que sea la premisa, no necesariamente deberíamos esperar una película igual. John Waters, por ejemplo, ha basado su carrera en conceptos similares para crear comedias subversivas que deliberadamente retan las convenciones del buen gusto y aprietan botones que nos hacen reflexionar acerca de nuestros propios prejuicios. Por otro lado, el material también podría ser tratado con seriedad y tacto para dar cuenta de esas vidas al margen de la sociedad que se encuentran en cualquier lugar, incluso en una ciudad cosmopolita y de primer mundo como lo es Nueya York.. Después de todo, sería ingenuo pensar que casos como el de Precious no ocurren todos los días tras puertas cerradas.

Lo que no es permisible, pues resulta ofensivo para el público y para la integridad de la historia y los personajes, es querer congraciarse con distintos sectores al tener un poco de cada acercamiento. Precious y Mary, dos mujeres con poca o ninguna educación, pierden toda autenticidad una vez el director, Lee Daniels, les asigna características que sólo el y un público selecto podrían tener. Si en un momento Precious dice sobre su maestra que “habla como en canales de televisión que yo no veo”, ¿qué de genuino y congruente hay en que una de sus fantasías se desarrolle en el clásico neorrealista Dos Mujeres, de Vittorio de Sica, y para colmo, en italiano?

Tampoco es aceptable mercadear concienzudamente la cinta como un drama inspirador cuando parte de la estética implementada por el director, Lee Daniels, evoca un estilo artificioso y gótico inspirado en el horror clásico. Las escenas entre Precious y su madre, en el interior de su apartamento, contienen una teatralidad histriónica y estética que recuerda a la relación entre Cenicienta  y su madastra, y que el resto del filme ignora por completo. En ocasiones el director pone en vigor su profeso amor por el camp y el melodrama (ha dicho en entrevista que sus héroes cinematográficos son John Waters y Pedro Almodóvar), mientras que el resto del tiempo manipula las emociones del público con escenas trilladas que demandan una respuesta emocional que no han ganado.

Igualmente condenables son los estereotipos que el filme perpetúa sobre la experiencia afroamericana en los Estados Unidos. En una secuencia vergonzosa, Precious entra a una cafetería y roba una porción familiar de pollo frito que come mientras corre por las calles de su ciudad. Una vez más, la escena podría funcionar como sátira, pero no como está concebida aquí.

A pesar de todos sus desaciertos, resalta en el filme el trabajo actoral. Todos los actores cumplen con las exigencias de sus papeles, incluyendo a Mariah Carey y Lenny Kravitz. Sin embargo, son Mo’Nique y Gabourey Sibide, a menor escala, las que demuestran un nivel de excelencia tristemente ausente en el resto de la cinta.

Precious: Based on the Novel ‘Push’ by Sapphire, pierde la oportunidad de ser socialmente relevante al tener muy poco que decir sobre las dinámicas sociales y familiares que promueve el Estado en las minorías de escasos recursos.

Digamos que a pesar de todo, pudo ser un drama decente. Digamos que pudo ser una controversial e interesante muestra de humor negro. La verdad es que, queriendo ser ambas, no es ninguna.

Published in: on 16 noviembre 2010 at 12:45 AM  Dejar un comentario  

Sherlock Holmes

Un personaje clásico más es sometido al filtro del Hollywood moderno. Si bien es cierto que Sherlock Holmes ha sido en incontables ocasiones protagonista de misterios en celuloide, siempre su origen literario ha sido el norte a la hora de representarlo en pantalla. Sin embargo, las imágenes computarizadas y las secuencias de acción han alcanzado al perspicaz detective, que ahora parece un poco más ágil, más cómico, consciente de si mismo y de su mítico nombre y status. En fin, esta es la versión revisionista del detective del 201B.

Por supuesto, estas revisiones pueden revitalizar franquicias y entregarnos entretenimiento de primera, como es el caso de Star Trek y Batman, o por el contrario, ser la trilogía de The Mummy. La nueva entrega de Sherlock Holmes, afortunadamente, se acerca más a la primera posibilidad. A pesar de que inicialmente parezca que se violentaron las características principales del personaje para apelar al público joven, una breve búsqueda en la red disipa nuestras dudas. Arthur Conan Doyle, creador del detective londinense, le atribuyó a Holmes no sólo capacidades deductivas envidiables y un amplio conocimiento científico, sino también agilidad física, proeza en la lucha y las artes marciales, y una adicción a la cocaína y al alcohol.

Todas estas características son entonces extraídas del material original e hiperbolizadas para el espectador del 2010. Aún así, la cinta encuentra un balance entre las divertidas y bien orquestadas secuencias de acción a través del Londres victoriano y los momentos que se acercan más a la esencia analítica y cerebral del investigador.

La trama cubre territorio común. Un hombre llamado Lord Blackwood ha cometido una serie de asesinatos extraños que parecen formar parte de un ritual. Ante la incompetencia de la policía de Scotland Yard, Holmes y Watson se dan a la tarea de atraparlo, y lo logran. Una vez encarcelado, el villano comienza a demostrar capacidades sobrehumanas, y es el trabajo de  nuestros protagonistas descubrir que plan malévolo hay detrás de todo esto. Por otro lado, hay varias subtramas, una de ellas el casamiento del Dr. Watson y otra que prepara el terreno para una secuela y tiene que ver con el rival más acérrimo de Sherlock Holmes, el profesor Moriarty.

En el centro de toda esto, y la pieza clave para que el filme funcione, está Robert Downey Jr. El actor, uno de los más talentosos de su generación y conocido por el carácter sardónico que le imprime a sus personajes, es perfecto para el papel y logra revitalizarlo sin caer en una parodia burda. Jude Law, como el Dr. Watson, también sale airoso, y el subtexto homoerótico entre ambos personajes, impulsado por la reciente tendencia de Hollywood hacia el “bromance”, funciona de maravilla y logra momentos genuinamente graciosos.

Los factores antes mencionados permiten que las fallas del filme, que residen principalmente en la dirección y el guión, puedan ser generalmente ignoradas. Por ejemplo, el director Guy Ritchie no es la mejor opción para esta cinta, pues su acercamiento a la acción resulta repetitivo, enfatizando estilo por sobre  substancia, a diferencia del método investigativo del personaje titular. También, el uso de “flashbacks” para explicar los descubrimientos de Holmes, aunque perfectamente efectivo, roba un poco al espectador su propia capacidad de inferencia.

Por otro lado, el guión, aunque repleto de buenas líneas, no logra construir en Lord Blackwood un villano memorable, ni establece un verdadero sentido de peligro para los personajes principales. Rachel McAdams, en el personaje de Irene Adler (también proveniente de los libros), se convierte finalmente en la damisela en aprietos y el carisma que ha demostrado en otras cintas no es totalmente aprovechado aquí.

Con todo y sus fallas, tengo que admitir que durante sus dos horas de duración, Sherlock Holmes representó un excelente entretenimiento, que si bien no rebasa esa línea, cumple a cabalidad con su cometido.

Published in: on 16 noviembre 2010 at 12:41 AM  Dejar un comentario  

Tokyo Sonata

“A husband, a wife and some kids is not a family. It´s a terribly vulnerable survival unit”.

-Kurt Vonnegut, A Man Without a Country


Familia. Ese concepto tan escurridizo, tan problemático, pero a la vez tan entrañable, necesario y en última instancia, irremediable. ¿Qué lazos invisibles, acaso imaginarios, nos atan a esos individuos que llamamos hermanos o padres? Quizás todo se circunscribe a tiempos y espacios compartidos, memorias comunes. Pero, ¿cuan auto sostenible es una idea cuando sus significantes se deshacen? ¿Qué queda de la fundación familiar cuando sus cimientos, preacordados socialmente, se derrumban?

Tokyo Sonata se plantea lúdicamente estas y otras preguntas.. Al igual que una sonata musical, abarca distintos movimientos e intenta explorar temas muy disímiles; a diferencia de las célebres piezas clásicas, no logra cuajarlos satisfactoriamente en un producto final uniforme. Es una lástima que un filme que por instancias llega a ser sublime en su belleza y planteamientos estéticos este plagado de notas y acordes desatinados que mancillan considerablemente la inmersión del espectador.

La película, del celebrado director japonés Kiyoshi Kurosawa, tiene lugar en el Tokio contemporáneo y cuenta la historia de la familia Sasaki: Ryuhei es un ejecutivo más, dedicado a su trabajo, Megumi es ama de casa, Takashi es un adolescente ensimismado y Kenji un niño sensible con una afinidad especial por la música. A toda vista, se trata de una familia normal, con todas las implicaciones positivas y negativas que esto acarrea. Todo cambia cuando Ryuhei pierde su empleo a causa de la recesión económica mundial. En lugar de informar, al menos a su pareja, sobre el difícil escenario que se avecina, el hombre decide hacer mutis y continúa como todos los días su rutina diaria. En el espacio cotidiano familiar, entonces, las cosas parecen iguales. Sin embargo, su vida se ha convertido en una representación banal de lo que era. El hombre pasa sus días transitando la ciudad, se sienta con los vagabundos, intenta infructuosamente encontrar una posición de empleo similar a la que ostentaba y reconecta con un viejo amigo que ha corrido su misma suerte.

Durante este primer acto, la cinta es genial. La fotografía de exteriores es amplia e inclusiva, contrastando los planos cerrados y estáticos del hogar, reminiscentes del cine de Yasujiro Ozu, particularmente Tokyo Story (1953). Dan cuenta, sutilmente y con mucha sensibilidad e inteligencia, de la situación tan precaria que el mundo vive hoy. Muchos de aquellos que han recurrido a ahorrarse unos chavitos comiendo de gratis en la guagua del Ejercito de Salvación (http://www.dialogodigital.com/es/node/2710) se sentirán identificados con algunas acciones del personaje principal. Y es que en momentos de crisis, si se nos arrebata aquello que parece constituirnos como miembros ‘útiles’ de una sociedad, si no estamos preparados para configurarnos desde nuevos espacios, corremos el riesgo de convertirnos en cuerpos sin rumbo.

Paralelo al relato principal, los demás miembros de la familia también ven sus existencias alteradas por la crisis. Es en estos que el filme demuestra sus debilidades, particularmente en la subtrama de Takashi, el hijo mayor. El director trata de insertar una crítica a la actual guerra de Irak que termina por ser risible y rompe con el mundo narrativo que hasta el momento nos ha pintado. Igualmente, tarde en el filme entra en escena un nuevo personaje que le da matices absurdos a la obra y funciona como agente catalítico de los eventos inusitados del tercer acto. Para muchos espectadores, este cambio súbito en estilo puede resultar difícil de tragar.

Ya en sus momentos finales, Tokyo Sonata logra recuperar la fuerza del principio. Si bien los personajes no sufren transformaciones transcendentales, cada uno experimenta un quiebre definitivo que opera como catarsis. Se podría entonces hablar de un final esperanzador y optimista, sino por lo que presenta, al menos por lo que implica. Una vez se ha tocado el suelo, literal o figurativamente, es evidente que el siguiente paso es levantarse.

Published in: on 16 noviembre 2010 at 12:36 AM  Dejar un comentario  

Where The Wild Things Are

A medida que pasan los años, muchas veces tendemos a olvidar lo compleja que resulta ser la niñez.  Si bien es cierto que existen menos responsabilidades, se trata de un asunto proporcional; a menor cantidad de preocupaciones, menor cantidad herramientas para lidiar con ellas y un menor entendimiento de cómo opera nuestro mundo. El cosmos que nos construimos en los años formativos está usualmente compuesto por la familia, los amigos, la escuela y los vecinos. Nos hacemos la idea de que somos, como el Sol, el centro del universo, y más allá del confort que creemos merecer, y que nos brindan cuatro paredes y una sopa caliente, nada importa demasiado. Descubrir que, en efecto, esto no es así, supone un momento coyuntural en nuestra existencia. Claro, no podemos adjudicar a un evento específico tal revelación, sino que más bien se nos va develando de a poco, en pequeñas e íntimas instancias que devienen finalmente en el fin de la infancia.

Where the Wild Things Are, del director Spike Jonze y basada en el libro infantil homónimo escrito por Maurice Sendak en 1963, entiende la sutileza de estos procesos, y la evoca magistralmente con una sensibilidad artística que va más allá del preciosismo puramente estético. Max (Max Records) es un niño curioso y creativo de unos 9 años, que ha ido sintiendo recientemente que las cosas no son como solían ser. Su hermana ya es una adolescente con otros intereses, su mamá, aunque cariñosa, se encuentra ocupada en asuntos de trabajo y tiene un nuevo novio, y su padre está ausente, no sabemos por qué. El niño trata, sin mucho éxito, de captar la atención de quienes rodean. Cuando construye un iglú y provoca una guerra de nieve con los amigos de su hermana, termina llorando cuando estos, inadvertidamente, destruyen su creación. De repente ya su llanto no surte el mismo efecto, de repente las herramientas que conoce para hacerse notar han perdido su efectividad. Es bajo este panorama que venimos a conocer a nuestro protagonista. Una noche Max llama a su mamá para que juegue con el, pero cuando esta le dice que no puede, se suscita una discusión, este la muerde y sale corriendo de su casa. Es a raíz de esto, y a través de su imaginación, que descubrimos dónde yacen las cosas salvajes.

En el mundo alterno al que Max se transporta están “the wild things”, seres que si bien viven en sociedad, no se rigen por los mismos códigos de conducta que conocemos. Allí, Max viene a ser rey y a ocupar el espacio que en su entorno cotidiano ha ido perdiendo. Carol, KW, Douglas y Judith son algunos de los nombres de las criaturas salvajes que asistirán en el proceso de maduración emocional de Max. Es evidente que en cada “wild thing” se reflejan las distintas conductas del niño, y las demandas que desde su perspectiva los demás deben cumplirle. En un momento, Judith, la más malcriada de las criaturas, le dice: “If we get upset, it´s your job not to get upset”. Más tarde, Max se pregunta, “How do I make everything okay”? La respuesta, por supuesto, es que no hay forma. A través de su viaje, entonces, el niño logra vislumbrar la posibilidad del mal, de que no todo es como se quisiera, y que eso, en última instancia, es parte intrínseca de la vida.

En cuestiones de forma, la película es impecable. La fotografía y la edición son de primera, y mención aparte merecen la dirección de arte y los efectos especiales. Combinando animación por computadora con “animatronics” y disfraces, las cosas salvajes, en un diseño muy fiel a las ilustraciones de Sendak, son unas maravillas. Igualmente geniales están los actores que le dan voz. Particularmente James Gandolfini (The Sopranos) como Carol, y Catherine O’Hara como Judith, logran que los dilemas de sus personajes sean tan reales como Max los imagina. Si algún reparo tengo sobre la cinta, es que utiliza con demasiada frecuencia la música original(escrita por Karen O, vocalista de Yeah Yeah Yeahs) montada sobre las secuencias de acción, y se vuelve algo repetitivo.

El texto original de 1963 cuenta sólo con 9 líneas, así que adaptarlo a un largometraje supone una ampliación considerable del universo narrativo. Spike Jonze, también director de Being John Malkovich y Adaptation, logra esto sin rellenar con recursos triviales lo que esencialmente es una historia simple pero llena de significado. Aquellos acostumbrados a filmes en donde la acción determina el desarrollo de los personajes, y no viceversa, quizás califiquen de lentos o aburridos los pasajes centrales de la cinta. De igual forma, los niños acostumbrados a la animación por computadora y películas infantiles que parecen tener déficit de atención, difícilmente encontrarán en Where the Wild Things Are una película acorde a sus expectativas. Por el contrario, todo aquel que disfrute de una historia bien contada, llena de alegría y diversión, pero también introspección y melancolía, encontrarán algo que admirar en esta hermosa cinta, una de las mejores que han llegado a nuestras salas en lo que va de año.

Published in: on 16 noviembre 2010 at 12:28 AM  Dejar un comentario  

A Serious Man

“The point being, even in the contest between man and steer, the issue is not certain.”

-Ed Tom Bell, No Country for Old Men

Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg) no es un hombre serio. Al menos esa es la opinión compartida por sus vecinos, compañeros de trabajo, y familia. A pesar de estar próximo a alcanzar la permanencia como profesor universitario de física, encontrarse bien de salud y gozar una vida de clase media decente, no logra obtener el respeto de los demás.

En el trabajo, un estudiante oriental intenta simultáneamente chantajearlo y demandarlo por difamación para que le cambie una nota; alguien envía cartas anónimas a la junta universitaria tratando de sabotear sus posibilidades de permanencia; su esposa lo abandona por un amigo en común, y entre ellos deciden que lo mejor es que Larry se mude a un motel; su hija le roba dinero para operarse la nariz y su hijo adolescente, a punto de celebrar su bar mitzvah, sólo lo llama para decirle que la antena del televisor no funciona.

Entre una desgracia y otra, Larry comienza a cuestionar la raíz de sus calamidades. Por un lado, es un hombre de ciencias, y como experto en física, las parábolas no lo convencen. Dice no entender la paradoja del gato de Schrödinger -en donde la vida o la muerte del felino es indeterminada y por ende ambas posibilidades coexisten- sino la ecuación que lo prueba. Por el otro, es judío practicante, un hombre de fe. Es través de varias visitas a tres rabinos de su comunidad en Minessotta que Larry pretende encontrarle explicación a sus infortunios. Esta jornada seudo espiritual sólo acaba por evidenciar la futilidad de su fin.

A Serious Man es sin duda, junto a Barton Fink y The Big Lebowski, una de las cintas más extrañas de los Coen. El público, al igual que su protagonista, experimenta a lo largo del filme la incertidumbre de no saber a donde se dirige, mientras los sueños de Larry se tornan cada vez más absurdos. En manos de cineastas menos hábiles, esto podría ser una falla mortal que termina por alienar al espectador. Sin embargo, los Coen logran, dentro de la confusión, poblar su historia de pequeñas instancias identificables, personajes icónicos y su característico humor irónico y mordaz.

Con esta cinta los hermanos maduran su carrera de dos formas. Primeramente, es un trabajo muy personal, autobiográfico hasta cierto punto, con el que rememoran su niñez en una comunidad judía a finales de la década de los 60. Las referencias a esa subcultura son muchas, desde nombres bíblicos hasta términos propios de la religión. En segundo lugar, es un filme que da continuidad a las preocupaciones temáticas que han explorado en No Country for Old Men, Barton Fink y Burn After Reading, entre otras.

En términos formales, los directores vuelven a demostrar porque son actualmente uno de los pilares del cine estadounidense. El binomio (o trinomio) que han formado con el director de fotografía Roger Deakins es una de las razones por las cuales su cine será recordado como uno intrínsecamente estadounidense. Apartándose del imaginario trillado que Hollywood ha creado de los Estados Unidos, sus filmes retratan la geografía compleja y diversa del país en su totalidad.

Temáticamente, las cintas de estos hermanos funcionan en ocasiones a manera de parábola, en donde una idea compleja se esconde tras la fachada de una historia simple. A Serious Man no es la excepción. La cinta nos obliga a preguntarnos por qué, y nos enfrenta a la ansiedad que produce el no saber.

La última escena de la cinta se une a la serie de finales inesperados y abruptos a los que, paradójicamente, nos tienen acostumbrados. Cuando al fin todo parece caer en su sitio, y el círculo se ha cerrado, algo parecido al destino interfiere. Ni el Torá, ni la física cuántica, ni una canción de Jefferson Airplane pueden prepararnos para lo que se avecina.

Published in: on 16 noviembre 2010 at 12:24 AM  Dejar un comentario  

Inglourious Basterds

Eli Roth y Brad Pitt son bastardos

Si algo indiscutible se puede constatar sobre Quentin Tarantino es precisamente su amor por el celuloide. Y no hablo precisamente del nitrato de celulosa, sino de esa pulsión casi obsesiva de hacer de cada uno de sus filmes productos intrínsecos al séptimo arte. En cada uno de ellos, las decisiones narrativas y estilísticas son apropiaciones enteramente cinematográficas, haciendo uso de todo el lenguaje fílmico que el director ha adquirido con los años y creando una amalgama de géneros, un pastiche que es casi tributo, casi parodia, pero que sólo puede ser correctamente descrito, por repetido que suene, como “tarantinesco”.

Su más reciente trabajo, Inglorious Basterds, aunque no aporta nada nuevo a su filmografía, no es la excepción. Desde la secuencia inicial de créditos hasta que el proyector deja de correr, la cinta es todo lo que hemos venido a esperar del cineasta. Quiérase decir que el espectador debe estar preparado para una inventiva y fluidez visual extraordinaria, unas interpretaciones deliberadamente ‘camp’ (aquí mas que en ocasiones anteriores), violencia estilizada, humor negro y selecciones musicales memorables y atemporales. Por último, y esto quizás siendo su marca de autoría, las largas -en este caso demasiado largas- secuencias de diálogo. Aquí reside el mayor desacierto del filme.

Lograr una sinopsis apropiada parece improbable pero probemos. Inglorious Basterds se desarrolla en Francia, ocupada por la Alemania Nazi durante la Segunda Guerra Mundial, o al menos la guerra que Tarantino concibe. Cuenta dos historias paralelas: la de “los bastardos”, una tropa del ejercito de Estados Unidos liderada por el Teniente Aldo Rayne (Brad Pitt) y que tienen como propósito simplemente “matar nazis”, y la de Shosanna Dreyfus (Melanie Laurent), una joven judía que escapó del coronel de la SS, Hans Landa (Christoph Waltz, mejor actor en el Festival de Cannes 2009). Resta por decir que sus caminos se entrecruzan con más de una veintena de personajes secundarios en una absurda misión cuyo fin es acabar con Adolfo Hitler y Joseph Goebbels en una premier cinematográfica.

El filme, estructurado en 5 capítulos (repitiendo la estructura de Kill Bill), tiene momentos geniales, entre ellos un montaje sobre el carácter inflamable del celuloide, un juego de adivinanzas, una interrupción inesperada en la premier, y Brad Pitt hablando italiano en lo que puede ser el momento más gracioso en todo la filmografía de Tarantino. También merece aplausos el tono de la pieza: su único trabajo hasta el momento enmarcado en una situación real es a la vez el más artificioso, y es que la única forma en que el director asegura no herir sensibilidades (el Holocausto sigue siendo un tema controversial) es alejándose de cualquier impronta de la realidad. Ningún atisbo de la ternura escondida de Kill Bill, y es la decisión correcta.

Lamentablemente, todos estos aciertos se encuentran desparramados entre escenas que parecen no tener fin, en lo que debe ser el guión más débil de su carrera como director. Por primera vez, las palabras que lo hicieron único lo traicionan, y lo que queda son retazos de aquella agudeza demostrada en Pulp Fiction hace 15 años. Una selección de material más cuidadosa, menos afectada, podría haber hecho de la cinta otra obra maestra, pero no es el caso.

Mención aparte merecen los actores, en su mayoría excelsos, pero resaltando a Waltz en lo debe desembocar en una nominación al Oscar si existe justicia en Hollywood. El único que se estrella monumentalmente es Mike Myers en una actuación sin ton ni son que viene a ser más ‘kitsch’ que ‘camp’.

Me parece pertinente a la luz de Inglorious Basterds repensar la posición que ostenta Quentin Tarantino en la cinematografía mundial. No hay duda de su singularidad ni de su inmensurable energía estética, pero existe una diferencia entre ser un autor cinematográfico y repetirse continuamente. Sus inclinaciones particulares como cineasta deben siempre ser puestas en función de una búsqueda y no de un retorno. Hace falta Tarantino. Hasta Kill Bill, su obra ha encontrado una armonía perfecta entre forma y contenido y ha sido un despliegue de elementos de la cultura popular, que sin pretensión inicial alguna que no sea entretener, fácilmente alcanza a ser arte.

Que quede claro que Inglorious Basterds esta muy lejos de ser un fracaso. De hecho, es con toda probabilidad una de las mejores películas que he visto en lo que va de año. Pero dentro de una carrera tan prolífica y excitante, resulta ser un pequeño tropiezo. Al cine de Tarantino lo han podido catalogar de muchas cosas, pero nunca de aburrido. No se si podemos defender convincentemente de esta acusación a su última entrega.

Published in: on 13 septiembre 2009 at 1:44 PM  Dejar un comentario  
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The Hurt Locker

hurt locker

La industria cinematográfica no ha tenido mucha suerte a la hora de llevar a la pantalla historias enmarcadas en situaciones de relevancia actual. Los realizadores se enfrentan a la difícil tarea de crear un producto mercadeable que a su vez reflexione y comente sobre una realidad vigente, esto sin herir sensibilidades o resultar en un ejercicio filmico hueco e inconsecuente.

Si el evento histórico en cuestión es lo suficientemente remoto como para aparecer en textos de historia, el público por lo general asimila mejor el producto. Tomemos como ejemplo la gran cantidad de filmes acerca del Holocausto judío que han aparecido en las últimas dos décadas. La respuesta emocional que incitan es fuerte, pero algo detraída, y es que aunque ingenuamente coloquemos nuestra condición de humanos bajo una identidad común, bien sabemos la importancia de la proximidad temporal y geográfica a la hora de “sentir”.

De ahí que la mayoría de las cintas norteamericanas producidas hasta el momento sobre la actual guerra de Irak hayan sido ignoradas por la crítica y el público. Tal vez sea demasiado temprano para meter el dedo en la llaga, hurgar entre las recientes memorias para hallar una expresión que sea contundente, responsable, y lo suficientemente retirada para no caer en el proselitismo. O tal vez sólo haya que hacerlo bien.

The Hurt Locker, magistralmente dirigida por Kathryn Bigelow, es al día de hoy, la mejor película estadounidense sobre la guerra de Irak. Tenemos ante nosotros un filme visceral, que logra estimular el intelecto a través de los sentidos, sin grandes discursos humanistas ni alegorías visuales trilladas, pero con acción inteligente que coloca al espectador en el estado mental y físico de un soldado común.

El sargento William James (Jeremy Renner), un impulsivo especialista en bombas, llega a dirigir la división especial Bravo, estacionada en Bagdad, cuando el anterior jefe muere en combate. A su cargo quedan el oficial de inteligencia JT Sanborn (Anthony Mackie), un soldado que disciplinado que trabaja por el libro, y el especialista Owen Eldridge, un joven traumado por la muerte de su anterior director. Faltando sólo 39 días para la próxima rotación obligatoria, estos dos soldados tendrán que adaptarse al estilo poco ortodoxo de su nuevo líder si es que quieren llegar vivos a casa.

La cinta comienza con la siguiente cita del reportero del New York Times, Christopher Hedges: “War is a drug”. Durante sus dos horas de duración presenciamos las misiones de la división Bravo: Eldridge cubre el perímetro con su rifle, Sanborn monitorea la situación por radio y James, en una especie de traje aeronáutico, intenta salvar el día al desactivar los explosivos. Una vez tras otra, James pone en peligro a su equipo de trabajo con decisiones arriesgadas motivadas por la adrenalina del momento.

Una cinta menos perspicaz quizá convertiría a éste personaje en un soldado irresponsable con un deseo suicida que busca en cada misión acercarse a la muerte y salir del infierno que supone la guerra. Pero The Hurt Locker plantea algo más complejo: que existen hombres para los que la guerra es adictiva, y el empuje que los motiva a seguir no es una ideología, ni la añoranza del regreso; ni siquiera un falso sentido patrio. Es la simple realización de que disfrutan lo que hacen. Y entre cientos de soldados maltrechos y desilusionados, son estos pocos los que determinan la victoria o la derrota.

The Hurt Locker consigue ser una película emocionante, con geniales secuencias de acción y suspenso, que a su vez se las ingenia para ser un documento substancial de sus tiempos. Probablemente el mayor elogio que se le puede ofrecer al filme es decir que es una experiencia puramente cinematográfica, incapaz de ser siquiera imaginada en otro medio que no sea el celuloide.

Published in: on 13 septiembre 2009 at 1:40 PM  Dejar un comentario  
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bienvenidos.

cine cine cine, más cine por favor, que todo en la vida es cine, que todo en la vida es cine y los sueños…cine son.

-Luis Eduardo Aute.

Published in: on 22 agosto 2009 at 9:45 PM  Dejar un comentario  
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